
Lo que descubrí al hurgar en el ático de mi abuelo
Mi abuelo era un sastre famoso. Cuando murió, encontré un maniquí en el ático cubierto con una sábana negra. Al quitarla, vi que el maniquí tenía piel real, con poros, vellos y hasta cicatrices. Estaba cosido con una precisión milimétrica. Busqué en sus diarios y encontré una lista de sus 'clientes' más importantes. No eran medidas de trajes; eran medidas de 'donantes'. Mi abuelo no hacía ropa, hacía cuerpos para gente que quería vivir eternamente. En el último frasco de cristal encontré sus propios ojos, conservados en formol, mirando fijamente la puerta. Escuché un crujido detrás de mí. El maniquí se había movido. 'Falta el toque final', susurró con la voz de mi abuelo, mientras sacaba una aguja de coser de plata.
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